La primera vez que hablé con Heber fue en abril del año 2008. Él vino a mi departamento con su polola Camila a cerrar un trato de un evento en Santa Cruz. Luego no lo volví a ver hasta un mes después en mis huasas tierras. Ha pasado mucho tiempo ya desde esa vez, Heber se convirtió en papá de dos hermosos mellizos junto a Camila, formaron una familia y es mi gran amigo.
Como la inmensa mayoría del país sabe, Heber fue acusado de violación por una mujer hija de una jueza, y hoy 16 meses después cuando tenía su vida nuevamente en sus manos, cuando las heridas sanaban y podía mirar lejos, ocurre la formalización de cargos. Ahora está en prisión preventiva por una acusación que no se sustenta en nada concreto. Ya ha pasado más de un año desde los hechos y él siempre prestó colaboración voluntaria a la justicia, y quedó demostrado que no existen lesiones que configuren una violación ni un contexto que lleven a concluir la veracidad de tal acusación, sino más bien a un acto voluntario consentido entre adultos; Pero esa es materia que la justicia determinará y no me corresponde abordar temas propios del proceso. ¿Qué él haya sido declarado un peligro para la sociedad mientras dure la investigación…? Ese no es mi criterio al menos…
¡Ayer miércoles vi a Heber! No es un trámite sencillo, el día antes debí ir a enrolarme a una oficina de Gendarmería, sólo así tenía la autorización para hacer una larga fila que finalmente te lleva al interior de la cárcel. Durante la espera puedes sentir junto a ti el pulso del país, del país real, de las familias que se sacrifican todo el año por sus reclusos, porque no es sencillo entrar a una cárcel a visitar a alguien, sobre todo cuando hay dos mellizos de un año que quieren ver a su padre y jugar un rato con él… es duro!
El sol pegaba fuerte en la cara, los ojos me dolían, pero la fila ya avanzaba y comenzaba a pasar los primeros controles. En un momento me vi junto a Enrique, el papá de Heber, enfrentado a unos interminables pasillos que jamás parecían terminar, pero los controles continuarían más allá. Antes de pasar por un detector de metales nos esperaba un cuarto el cual su entrada era cubierta sólo por una cortina, ahí nos hicieron pasar de a tres, nos debimos sacar los zapatos, yo mis zapatillas, bajarnos los pantalones y los calzoncillos hasta la rodilla, mostrar nuestros genitales para verificar que no llevamos nada oculto ahí, y luego continuar. Entiendo lo humillante que debe ser para muchas personas someterse a este tipo de controles, sobre todo personas de edad, pero esta vez nos tocó vivirlo, esperemos que no por mucho tiempo.
Enrique, el papá de Heber, ya conocía el camino y camina a paso apresurado. Si hay un tipo al que admiro es a ese hombre, tan aguerrido y conectado con su hijo que me lleva a recordar el porqué yo no tuve un padre así, porque Enrique siempre está luchando con una altura de miras impresionante, de todo obtiene una enseñanza cristiana y una fuerza impresionante de lucha y pasión por su hijo que no sé qué otro hombre lo podría desarrollar tal cual lo hace Enrique. Yo me saco el sombrero e inclino mi cabeza ante hombres como él, el mismo que caminaba a mi lado por los pasillos de “Santiago 1” y en su cara yo podía observar la angustia y ansiedad por ver a su hijo, sentimientos que al llegar a su sala de visitas se tradujeron en alegría, pues inesperadamente vimos pasar a Heber con uno de sus bebés en brazos, ya que Camila logró entrar un poco antes que nosotros. Heber no nos vio, pero nosotros sí lo vimos por en medio de los barrotes de entrada que aún nos separaban. Paseaba con uno de sus bebés dirigiéndose hacia su polola y a su madre que ya estaban dentro.
Con Enrique entramos, cuando vi a Heber no hice más que darle un abrazo grande y un beso en su mejilla, no recuerdo que fue lo que le dije, pero si recuerdo su rostro sonriendo mientras me miraba… segundos después me dijo: “Que tení el pelo largo…” Nunca pensé que iba a tener que visitar a mi amigo Heber es ese maldito lugar, nunca me imaginé que el otrora rey de los pokemones del “Buenos Días a Todos” se convertiría en uno de mis más grandes amigos, con quien hemos compartido tantas horas de apoyo, en momentos buenos y malos de ambos, como cuando yo estaba solo y angustiado en Santiago y el único que me visitaba todos los días era él, ese tipo de cosas no se olvidan y eso te deja ver más claramente quiénes son realmente tus amigos.
Esta vez Heber estaba en “Santiago 1”, en su sala de visitas junto a los demás del módulo, pero debo transmitirles un mensaje de tranquilidad a toda la gente que lo sigue, él está bien, no está mezclado con el resto de la población penal y en su módulo solamente hay primerizos acusados de algún delito menor. En ese sentido Heber está bien cuidado y resguardado, tiene su pieza solo y vive su rutina diaria con esperanzas y mucha fe en Dios. Sus compañeros lo quieren mucho, es el regalón de todos y quizás se ven reflejados en su injusticia, además es el más chico de todos en edad.
En aquella sala de visitas nos sentamos en duras bancas de madera de estructura metálica pegadas al suelo, las paredes del lugar eran blancas pero teñidas ya por la suciedad y las marcas de zapatos, sin embargo todos los muros de la sala eran adornados por monitos de caricatura hechos de cartulina, que le daban más bien una sensación penosa al lugar, porque si bien eran dibujos infantiles… igual estaban pegados en las paredes de una cárcel.
Su polola, sus hijos, su padre, su madre y yo estábamos con Heber, sonreía, pero no esas sonrisas que nacen de una alegría profunda, sino más bien era una sonrisa de porque estábamos ahí con él visitándolo en medio de esta pesadilla, una sonrisa sinónimo de un respiro. Me comenzó a contar sus anécdotas y rutina al interior de “Santiago 1”, la mayoría muy divertidas y que tienen que ver con la forma en que matan los días, que se hacen bastante largos cuando no tienes libertad. En la mañana tipo 8 AM un tipo hace sonar una trompeta artesanal hecha de un palo de escobillón tal vez, pero Heber cuenta que la hace sonar tan fuerte que los despierta a todos, y 20 minutos más tarde comienzan a abrir sus celdas, salen al patio de su módulo y se numeran “…después pasamos a tomar desayuno y quedamos desocupados”, cuenta Heber en medio de risas.
Las horas avanzaron y justo al mediodía debimos abandonar la sala de visitas, Heber fue el último en retirarse del lugar y sin embargo se quedó allá al fondo, por donde deben volver a recluirse, en medio de barrotes mirando a su padre y a mí que fuimos los últimos en salir. Su padre no quería agachar su brazo, se despedía constantemente con una emoción contenida, lo veíamos lejos allá parado tras esos barrotes, era él único de los recluidos que se quedó ahí mirando como se vaciaba la sala de visitas, su padre seguía haciendo adiós con su brazo, yo también me despedía a lo lejos mientras nos sacaban del lugar. Cuando salimos al pasillo, cuando ya no pudimos seguir mirando a Heber su padre lanzó un grito muy fuerte “¡Chao Heber!”, lo gritó muy fuerte, dos veces.
Ya caminábamos al exterior, pero en mi bolsillo me llevaba un tesoro para todos los amigos de Heber, para todos sus seguidores y gente que lo quiere. En mi bolsillo llevaba un simple saludo de agradecimiento que Heber les envía, escrito de su puño y letra en medio de mi visita a “Santiago 1”, espero que este saludo, tal vez el más simple, profundo y real que jamás haya escrito este líder juvenil del país que se la pasaba dando autógrafos, un tipo humilde perteneciente a un barrio común de Santiago, que en base a su esfuerzo y garra salió adelante en lo que a él le gusta, un tipo sin apellidos rimbombantes que es seguido por miles de personas y familias de este país.

PD: Enrique Espinoza me ha autorizado a publicar este texto también en Heber.cl

Todo mi apoyoo a heber !
Fuerte el relato, pero lindo….conmovedor.
Ojala se aclare todo luego y paguen los que han causado este daño.
Animo un abrazo